En enero de 2008 cometí el error de juntarme con un grupo de personas que no entendió mi forma de viajar. Ya les habría olvidado si no fuera porque uno de ellos hizo una deprimente página web con el único y obsesivo propósito de perjudicarme a base de mentiras e insultos contra el bueno de Enrique y contra mí. Solo hay que ver el nombre de su página para darse cuenta de sus intenciones.

Lo curioso es que el autor de esa página empieza advirtiendo a otros viajeros que tengan cuidado de con quién viajan. Efectivamente si yo hubiera tenido el mismo cuidado que en otras ocasiones para elegir a mis compañeros de viaje, habría ido todo mucho mejor.

Luego añade otra gran verdad al decir que no hace falta que te lleve nadie para conocer África Occidental. En eso estoy absolutamente de acuerdo, como lo demuestra el hecho de que en mis relatos doy desinteresadamente a los que quieran viajar por su cuenta toda la información que tengo. También dedico mucho tiempo a responder preguntas por correo sin pedir nada a cambio. Lo que no entiendo es porqué insistió tanto en acompañarme. Habría sido mucho mejor si se hubiera ido por su cuenta desde el principio.

Critica a los respetables trabajadores del sector turístico "que viven de llevar seres humanos como si fueran borregos en paquetes turísticos". Por el contexto creo que se refiere a mi viaje como "paquete turístico", lo que demuestra hasta qué punto llega su confusión. Desde la primera vez que me escribieron para que les permitiera acompañarme, les dejé bien claro que yo solo soy un simple comerciante de artesanía que viaja a su manera. No soy una agencia de viajes, ni chofer, ni guía turístico, ni organizo nada más que mi propio viaje.

Comienza su peculiar relato del viaje con una versión plagada de mentiras sobre un pequeño incidente a la entrada de Senegal al que confiere una gran importancia, como si fuera el eje alrededor del cual girase su existencia. Un incidente que con un poco de buena voluntad podría haber quedado en un buen recuerdo digno de ser rememorado en reuniones de antiguos compañeros de viaje, como ha ocurrido con otros episodios mucho más graves que han tenido lugar durante otros viajes.

El premio al viaje más accidentado se lo lleva sin duda el primero que realicé en 1987, del que sin embargo guardo un hermoso recuerdo.

En marzo de 1991 estuvimos a punto de ser linchados por una multitud en Bamako durante unos graves disturbios que llevaron al derrocamiento del presidente Moussa Traoré.

En julio de 1991 un grupo de bandidos nos asaltó en pleno desierto, y tuvimos que regresar a casa con lo puesto.

En diciembre de 1991 perdí toda mi documentación en In Salah, al sur de Argelia, y estuvimos sufriendo un par de días hasta que finalmente apareció. Luego estuvimos a punto de ser linchados por un grupo de revendedores de coches que reclamaban una comisión.

En agosto de 1999 perdimos en Dakhla uno de los dos convoyes semanales por culpa de un gendarme demasiado celoso en el cumplimiento de su deber, y tuvimos que esperar cuatro días hasta el siguiente.

En agosto de 2001 estuvimos a punto de ser linchados por unos mauritanos que pretendían obligarnos a dormir en sus jaimas de pago. En Kayes teníamos previsto coger un tren hasta Bamako, pero un puente se cayó por culpa de las inundaciones y tuvimos que buscarnos la vida para hacer ese trayecto en avión.

En enero de 2002 se nos ocurrió cruzar el desierto con una furgoneta que se empeñaba en hundirse constantemente en la arena, y que nos proporcionó una memorable jornada negándose a recorrer más de 10 km en un día.

En agosto de 2002 estuve a punto de perder un camión que quedó atascado en la playa mientras subía la marea.

En enero de 2003 nos negamos a que un guía nos timase, y atravesamos el desierto a ojo.

En agosto de 2003 nos pilló la recién estrenada ley que impedía la entrada en Senegal de coches de más 5 años. Nos costó bastante atravesar el país con un escolta de la aduana.

En agosto de 2004 seguía vigente la misma ley, y tuvimos que repetir la operación.

El viaje de agosto de 2005 se caracterizó por un par de averías en el camión y unas pistas inundadas al norte de Malí que retrasaron el viaje.

En agosto de 2006 unos policías mauritanos quisieron detenernos por unas fotos que habían tomado unos turistas portugueses, y en Malí nos tocó un aduanero borracho bastante problemático.

Todas estas aventuras tienen en común que viajaba con personas estupendas que supieron afrontar las adversidades con sentido común y tranquilidad.

El incidente en cuestión consistió básicamente en que un policía senegalés no permitió la entrada a uno de los viajeros de nacionalidad brasileña por carecer de visado, y montó el numerito obligándole a colocarse detrás de una barrera de la forma más pomposamente ridícula que he visto en mi vida.

La primera referencia directa que el narrador hace hacia mi persona es una gran mentira al calificarme como "nuestro chofer", expresión que repite constantemente a lo largo de todo su relato como nueva muestra de su equivocación sobre el planteamiento del viaje. Luego deforma mi apellido de una forma supuestamente graciosa que no había visto hacer desde párvulos.

Continúa su relato dando por supuesto que yo soy el responsable de que el brasileño no hubiera hecho el visado de Senegal, ya que llevo viajando por África desde los años 80. Precisamente ese es el motivo por el cual yo solo me responsabilizo de mi visado.

Miente descaradamente al decir que en Nouakchott yo había asegurado que al brasileño no le hacía falta visado para entrar en Senegal. Únicamente el brasileño se interesó por el tema cuando yo estaba trabajando con mi ordenador personal en el albergue Sahara, durante uno de los pocos momentos en los que tenía acceso a internet. Le dije que a los españoles no nos hace falta, pero que de los brasileños no estaba seguro. El brasileño sabía perfectamente que cada uno era responsable de sus visados. Su obligación era averiguar si debía obtenerlo, pero no lo hizo.

El narrador continúa mintiendo o demostrando que no se enteró de nada al decir que yo me quedé en el autobús contemplando la escena. Fui hasta la garita del policía, esperé a que regresase y me enfrenté a él impidiéndole entrar aún a riesgo de buscarme un lío. Le dije que se equivocaba tratando de esa forma al brasileño, que incluso la policía española trataba mejor a los senegaleses que entraban ilegalmente en España, y le convencí para que le dejase regresar hasta el camión.

Por lo que cuenta, tampoco se enteró de la movida con los policías mauritanos en la frontera. Eso es comprensible, ya que tanto él como los demás viajeros daban por supuesto que Enrique y yo éramos los encargados de resolver todas sus cuestiones administrativas. Ellos solo nos entregaban sus pasaportes, se quedaban fuera de la garita fumándose un cigarro tranquilamente, y nosotros debíamos comernos el marrón.

Al salir de Mauritania, el policía mauritano nos selló los pasaportes y nos pidió 10 euros por habernos atendido de noche. Enrique y yo se los dimos para agilizar los trámites y llegar a Saint Louis cuanto antes, ya que yo estaba realmente cansado después de haber conducido durante 200 km de carretera desde Nouakchott hasta Rosso, y 90 km de fatigosa pista desde Rosso hasta la frontera de Diama.

Los otros dijeron que no querían pagar esos 10 euros, "atendiendo a la legalidad". Enrique y yo estuvimos pacientemente esperando durante una hora en la garita mientras los otros fumaban fuera, hasta que finalmente el policía mauritano nos devolvió los pasaportes.

Al día siguiente tuvimos que regresar a Mauritania por culpa del problema con el visado del brasileño. "Atendiendo a la legalidad", el policía mauritano solo tenía obligación de dejarnos entrar al brasileño y mi, que había solicitado un visado con dos entradas. Solo hizo la vista gorda cuando le dije que el día anterior Enrique y yo le habíamos dado una gratificación a su compañero, al que hizo llamar para verificar que efectivamente le habíamos dado el dinero. Delante de nuestras narices, negó la entrada a dos italianos que viajaban en un Land Rover y les hizo regresar hasta Dakar para renovar sus visados, porque los que llevaban solo les permitían una entrada, que ya habían utilizado.

Volviendo al día anterior, se inventa que yo le di 20 euros a un señor por levantar la barrera, algo completamente absurdo.

Luego también se inventa que yo le di 80 euros a un policía senegalés para tomarse unas cañas, demostrando una vez más que no se enteró de nada.

Únicamente pagué 50 euros en la aduana senegalesa por la expedición de un "Passavant de Circulation", un documento de importación temporal completamente legal que permite circular libremente durante 30 días por Senegal.

Luego me "acusa" de no llevar un carnet de passage en douane, alucinante. Para quien no lo sepa, ese documento es solo una opción. No es obligatorio, y poca gente lo utiliza porque tiene muchos inconvenientes. Consiste en depositar en un banco una fianza equivalente al valor del vehículo para garantizar que no se va a vender fuera de España. Hay que pagar unos gastos notariales y de gestión al Race que suponen mucho más de 50 euros. Además, en caso de sufrir una avería importante y no poder regresar a España con el vehículo, se corre el riesgo de perder tanto el vehículo como la fianza.

Los 50 euros que pagué al aduanero de Senegal no eran un soborno, sino una tasa que me cobró porque lo consideró oportuno, y que yo le pagué porque me dio la gana. Nadie más tiene derecho a meter sus narices en este tema. Si al autor de esa página le molesta que yo prefiera gastar mi dinero en Senegal a entregárselo a un acaudalado notario o al Race, es su problema.

En dos viajes anteriores pagué a un escolta de la aduana senegalesa para que nos acompañase hasta la salida de Senegal, otra de las opciones legales. Pero había que hacer el trayecto de un tirón. En esta ocasión preferí obtener el Passavant para viajar tranquilamente visitando sitios interesantes como Saint Louis, una de las ciudades más bonitas de África Occidental. Ese es uno de los motivos por los cuales elegí entrar en Senegal por la frontera de Diama.

De todas formas, llevo viajando por África con ese camión desde junio de 2003 y siempre regreso a España con él, no tengo la menor intención de venderlo en ningún país africano. Si al autor de esa página difamatoria le gustan tanto las explicaciones, debería contar lo que hicieron ellos con el Mercedes que se agenciaron para continuar su viaje, si cumplimentaron todos los trámites legales pertinentes, y si pagaron las tasas aduaneras a las que estaban obligados en el país donde lo dejaron.

Luego dice que ese día le pareció el más duro desde que salieron de Madrid. Por supuesto, no se le ocurre pensar que fue más duro para mí, que iba conduciendo. También dice que llevábamos recorridos 250 km de carretera más otros 90 km de pista, cuando en realidad de carretera solo hicimos 200 km desde Nouakchott hasta Rosso. No solo no se llevó al viaje el mapa Michelín 741 que amablemente le recomendé, sino que además no ha sido capaz ni de mirarlo para su relato.

Mucho antes de empezar el viaje, les dejé bien claro que podía cambiar el itinerario según las circunstancias y que a veces circularíamos por pistas en mal estado. Sin embargo, me critica por meterme por "una pista de tierra, piedras e insufribles ondulaciones", como si eso hubiera sido un capricho mío.

También se queja de que hiciéramos la pista de noche. El día anterior ya les avisé de que debíamos salir cuanto antes, pero prefirieron perder parte de la mañana regateando unas telas en el mercado.

Dice que unos estaban cansados, y que otros tenían miedo. Yo estaba más cansado que ellos porque había estado conduciendo desde Segovia, y tenía más miedo que ellos porque he sido víctima de ataques armados en dos ocasiones. De todas formas, ya les avisé mucho antes de empezar de que el viaje era duro, y les previne de la amenaza de Al Qaeda.

Juzgué conveniente minimizar el riesgo saliendo de Mauritania lo antes posible, ya fuera de noche o de día. En ese tema no consiento que nadie decida por mi.

Insiste en que "me empeñé" en llegar a la frontera. No conozco ninguna otra forma de conseguir algo que no sea empeñándome. Antes de empezar el viaje ya les dejé bien claro que yo viajo a mi manera tomando las decisiones que estimo oportunas, y que el que quiera viajar conmigo debe adaptarse. Si no estaban de acuerdo con esa forma de viajar, debían haber desistido de viajar conmigo. 

Luego dice que les engañé con las distancias, como si me importase mucho su opinión sobre ese tema. Para quien no lo conozca, Rosso es el sitio donde más mentirosos hay en el mundo. Me paré en un cruce y pregunté a un africano por la distancia hasta Diama. Él me dijo 30 km. Al subir al camión, dije en voz alta que uno me había dicho que quedaban 30 kilómetros hasta Diama, y que eso no era posible, porque en el mapa Michelín ponía que había 60 km solo hasta Massene.

De todas formas, yo no soy un rutómetro. Podía haberlo consultado en el mapa o preguntarlo él mismo. Aunque eso es difícil cuando se está convencido de que se viaja con chofer.

Luego miente de la forma más absurda posible al decir que yo les había asegurado que la frontera de Rosso era "un jaleo por las dimensiones del autobús, por la cantidad de gente que necesita atravesar el río y los intentos de colarse". Esa tontería es fruto de la ignorancia y demuestra una vez más que su única intención es desacreditarme a base de mentiras, poniendo en mi boca frases que yo nunca he dicho. Esa frontera es un jaleo perfectamente soportable sin ninguna relación con las dimensiones del vehículo que se lleve. La atravieso sin problemas cuando lo considero oportuno, como hice en el viaje de vuelta y como he hecho en muchas otras ocasiones anteriormente.

Yo no necesito engañar a nadie para ir donde creo conveniente. Las dimensiones de mi camión no son en absoluto un impedimento para atravesar esa frontera. Es muy alto, pero no llega a los 6 metros de largo, frente a los 5 metros de cualquier todo terreno y los 12 de cualquier trailer. La gente que quiere atravesar el río no tiene ningún problema, porque constantemente salen barcas de pasajeros desde las dos orillas. Y hace años que dejaron de quitarme el sueño los que intentan colarse, menuda chorrada.

Luego dice que tenían hambre, porque según él la dieta que "propongo" es a base de pasta, quesitos, maíz, atún y poco más. Cualquiera que haya viajado conmigo y lea esto, se partirá de risa.

Antes de empezar el viaje, les dije que personalmente no me gusta complicarme la vida con las comidas, y que prefiero ir a lo básico porque tengo otras prioridades. Pero cada uno come lo que le da la gana, yo no someto a nadie a ninguna dieta. Si alguien tiene hambre y no es capaz de solucionar una cuestión tan básica, es su problema. Durante gran parte del viaje hay posibilidad de comprar todo tipo de comida, y cada uno es libre para elegir según sus preferencias. Yo solo expreso mi opinión cuando me preguntan.

Balanceándose en el tiempo y en el espacio como hace durante todo su relato de forma que no se aclara ni él mismo, nos teletransporta a una pizzería en la que Enrique y yo manteníamos una conversación de adultos y se burla del grave accidente de un amigo de Enrique, además del accidente que sufrió mi amigo Lorenzo del Amo en el Níger con expresiones como "no nos descojonamos en su cara de casualidad" y "pa mear y no echar gota". Cualquiera que lea estos comentarios se dará cuenta del talante de quien los ha escrito.

Luego regresa a la frontera la noche del incidente y cuenta otra mentira al decir que "por precaución, miedo o vete tú a saber, nuestro chofer nos aconseja no montar las tiendas de campaña", como si a mi me importase algo donde monta cada uno su tienda. Fue el policía quien prohibió montarlas, yo solo tuve la cortesía de traducir. El que quiera saber el motivo, que se lo pregunte a él.

Me puse enseguida manos a la obra colocando el equipaje y haciendo sitio para que todos pasásemos la noche en el camión de la forma más cómoda posible. Cedí mi litera al ingrato autor de esa página difamatoria para que durmiera con su pareja, y presté a otro viajero una colchoneta hinchable que llevaba para casos de emergencia como éste. Ahora me entero de que eso provocó su ira, y me echa las culpas de que él y su pareja hubieran estado pasando frío durante todo el viaje. Increíble.

Antes de empezar el viaje, les dejé bien claro que por las noches en el desierto hacía frío. Si a pesar de eso no llevaban ropa suficiente, podían haberla comprado en cualquiera de las ciudades por donde pasamos. También les dejé bien claro que cada uno se ocupaba de su material de acampada, y que podían traerse todo lo que quisieran porque en el camión no había problemas de espacio. Tampoco durante el viaje se les ocurrió comprarse un colchón.

De todas formas, si antes de empezar el viaje me hubieran dicho que necesitaban material de acampada, con mucho gusto se lo habría proporcionado como hice con el brasileño, al que dejé durante todo el viaje una tienda de campaña y dos colchonetas de goma espuma.

A pesar de que asegura que estaban cansadísimos y a pesar de que hice todo lo posible para que todos pasasen la noche lo más cómodamente posible, confiesa que estuvieron hasta las 4 de la mañana conspirando contra mí.

Luego dice que a la mañana siguiente no probó bocado, a pesar de que había comida de sobra. Si estaba agobiado, es su problema.

También dice que "nos juntamos para tomar decisiones y las propuestas se sucedieron", una curiosa forma de expresar que boicotearon todas mis decisiones. Cuando meses atrás se pusieron en contacto conmigo para acompañarme, yo les solicité como requisito indispensable apoyo incondicional para solucionar los problemas que fueran surgiendo sobre la marcha. Ahora que había un problema fácilmente solucionable con un poco de buena voluntad, me negaban su apoyo.

Pedí que alguien acompañase al brasileño hasta Nouakchott mientras llevaba a los demás en camión hasta Saint Louis, una agradable ciudad senegalesa Patrimonio de la Humanidad que se encontraba a tan solo 30 km de la frontera. Primero se ofreció uno de los viajeros a regañadientes, pero al cabo de un rato se arrepintió y se desdijo. Yo nunca le dije directamente a ese viajero que fuera él, eso es mentira. Luego se ofreció Enrique, pero el brasileño se negó porque quería que le llevase yo en el camión.

Me ofrecí entonces a acompañarle personalmente hasta Nouakchott en taxi, ayudarle a comprar el billete de avión e ir con él hasta el aeropuerto. Después de dos semanas aguantando la tensión de conducir desde Segovia hasta Senegal, yo lo único que quería era realizar ese trayecto de ida y vuelta hasta Nouakchott en taxi, y continuar el viaje con el camión después de haber ayudado al brasileño. Pero el brasileño se negó nuevamente, porque estaba empeñado en que le llevase yo en el camión. No necesitaba un taxi con conductor, porque consideraba que ya tenía uno.

El autor de la página difamatoria miente al decir que el brasileño decidió esa mañana regresar a Brasil. Lo dijo la noche anterior. Nos enteramos todos perfectamente y a nadie le sorprendió, ya que unos días antes y mientras estábamos en Arkeiss, dijo que tenía miedo y que cuando pasáramos por Nouakchott tomaría un avión para regresar a su país. Me pareció una decisión acertada, ya que cuando una persona no está plenamente convencida de seguir adelante, lo mejor que puede hacer es desistir. Pero algunos viajeros le convencieron para continuar. En esta ocasión, ya nadie puso demasiado empeño en animarle a seguir adelante.

En 5 minutos y mientras uno de ellos aseguraba que allí era imposible encontrar un transporte hasta Rosso, encontré un transporte hasta Rosso, desde donde podríamos continuar en taxi hasta Nouakchott. El autor de esa página difamatoria miente al decir que yo metí prisa. Solucionar un problema rápidamente no es lo mismo que meter prisa.

No daba crédito a mis oídos cuando el autor de esa página empezó a divagar sobre que si mi solución era demasiado pragmática, y que le parecía más romántico que fuéramos todos en el camión hasta Nouakchott para acompañar al brasileño hasta la escalerilla del avión como muestra de solidaridad.

Según cuenta en su relato, "permanecieron junto al brasileño", cuando durante todo el viaje habíamos sido Enrique y yo los únicos que nos habíamos ocupado de él. Luego el narrador dice que no cuidé al brasileño, como si el brasileño hubiera llegado hasta allí como una rosa por arte de magia.

Fui yo y no ellos quien puso a disposición del brasileño de forma completamente gratuita relatos de viajes y fotos que le animaron a materializar sus sueños. También fui yo quien contestó rápida y detalladamente todos sus mensajes pidiéndome información sobre mi viaje, quien le orientó sobre lo que debía incluir en su equipaje, el que contestó pacientemente cada una de sus numerosas llamadas de teléfono mientras estaba en Marruecos sin importarme que luego tendría que pagar una cuenta de teléfono astronómica como así sucedió, el que fue a buscarle al hotel donde habíamos quedado, el que le llevó en su camión durante casi dos semanas por Marruecos, Sahara Occidental y Mauritania hasta la frontera de Senegal, el que le enseñó los sitios más bonitos que conoce, el que le prestó su teléfono para llamar a Brasil cuando le hizo falta, el que le prestó una tienda de campaña y un colchón, el que estaba dispuesto a llevarle hasta Ouagadougou y el que se ofreció a acompañarle hasta el aeropuerto para que regresase a su país.

¿Qué habían hecho ellos realmente por él? Absolutamente nada. Incluso cuando acampamos en la playa desierta del octavo día de viaje, uno de los viajeros me dejó alucinado al calificar al brasileño como "enchufado" porque yo le había prestado una tienda de campaña y dos colchonetas.

Continúa el autor de esa página difamatoria diciendo que se acercó a mí y me preguntó "si es que no me daba cuenta de que el brasileño no quería saber nada de mi". En primer lugar, nunca me preguntó eso ni nada parecido. En segundo lugar, de haber sido eso cierto me habría quitado un peso de encima y habría continuado el viaje.

Luego pretende presentarse como defensor de un inocente y asegura que me dijo cosas que en realidad nunca dijo, como lo de mi supuesta "nula disposición a informarle acerca de cualquier cosa" cuando en todo momento contesté educadamente incluso a sus preguntas más absurdas, a pesar de que ya sabía que no se iba a enterar de nada, como así demuestra en su relato. Dice que me acusó de "tomar decisiones sin ni siquiera cuidar a la gente con menos experiencia" cuando en realidad todas mis decisiones fueron enfocadas a solucionar el problema del brasileño. Para rematar, asegura que denunció "mi escasa capacidad para vislumbrar el ánimo de quienes me rodean". Eso lo dice una persona que está convencida de que soy su chofer esclavo, que pretende obligarme a conducir mi camión por un país tercermundista durante 180 km de pistas y 400 km de carretera solo porque le parece más romántico, y que se mofa cuando Enrique y yo comentamos la mala suerte que tuvieron nuestros amigos al sufrir sendos accidentes.

Asegura que el sueño del brasileño era viajar hasta Tombuctú, demostrando lo poco que le conocía. En repetidas ocasiones, el brasileño me había dicho que su sueño era ver barcos encallados, que en este viaje lo había cumplido, y que consideraba que ya podía regresar a su país plenamente satisfecho. De todas formas, yo nunca dije que iría a Tombuctú, menuda tontería.

Nos quedamos un rato mirándonos a la cara con los brazos cruzados hasta que empecé a reflexionar sobre lo que estaba haciendo exactamente allí con esa pandilla de egoístas. Me di cuenta de que para ellos yo no era más que un chofer esclavo que debía someterse a sus antojos. Comenté la posibilidad de retroceder hacia Nouakchott, hacer cuentas y que cada uno siguiese por su cuenta. Comprobé que estaban dispuestos a abandonarme en caso de no plegarme a sus exigencias.

Rápidamente interpretaron mi comentario como que yo les iba a dar dinero además de llevarles a Nouakchott.

Las cuentas que fui haciendo mientras atravesábamos el parque nacional de Diawling, dieron como resultado que hasta ese momento llevaba gastados en ese viaje mucho más de lo que ellos habían aportado. Es decir, desde hacía bastante tiempo yo les estaba dando más que ellos a mí. Lo que ellos habían aportado no llegaba ni para cubrir gastos, el resto lo ponía yo de mi bolsillo. Les estaba subvencionando el viaje. En principio esto no me suponía ningún problema, porque puedo permitírmelo gracias a mi comercio de artesanía. Pero evidentemente las circunstancias habían cambiado. Estaban viajando de gorra, y además con exigencias.

He invertido en el camión más de 30.000 euros, y solo lo utilizo para hacer 2 viajes transaharianos al año. Hasta ahora he realizado con él 6 viajes y su vida útil no superará los 10 viajes. Después irá directamente al desguace, ya que su valor residual será ínfimo. Es decir, solo el coste del camión en cada viaje es de unos 3.000 euros. Y eso, si aguanta los 10 viajes.

Si el camión no sufrió durante el viaje ninguna avería mecánica no fue por arte de magia, sino por la cantidad de horas y dinero que he invertido en él.

Consume una media de 23 litros de gasoil a los 100 km, así que hay que calcular otros 1.000 euros de combustible.

Solo la reparación del parabrisas me ha costado 1.750 euros. Ya no se fabrican iguales al que se rompió, y he tenido que llevarlo a un carrocero para modificar el frontal adaptándolo a un cristal estándar que pueda cambiar fácilmente en caso de romperse otra vez.

El plástico especial para automoción que le puse en Safi y gracias al cual pudimos continuar el viaje, me costó 100 euros. La mano de obra para instalarlo, 80 euros.

Llevaba herramientas, planchas, tráctel y pala por valor de unos 500 euros.

También sillas, mesas, utensilios de cocina y bombonas de gas por valor de unos 100 euros.

El camión tiene 6 ruedas. En África la mayor parte de las carreteras están hechas con poco asfalto y mucha grava, por lo que las ruedas se desgastan rápidamente. Antes del viaje le puse 2 ruedas nuevas Michelin X que me costaron 700 euros.

Los cambios de aceite y filtros de gasoil me cuestan 80 euros en cada viaje.

Cada batería me cuesta 260 euros, y ya la he cambiado 2 veces en 5 años.

El ferry de Algeciras hasta Ceuta me salió barato, ya que pude pillar una oferta de última hora. La tarifa normal era de unos 250 euros.

El seguro anual con Mapfre me cuesta 1200 euros. Es decir, 600 euros por cada viaje. El seguro de Mauritania es barato, solo cuesta unos 23 euros. El seguro Cedeao cuesta unos 50 euros.

En algunos países hay que pagar tasas y peajes que en total suponen unos 80 euros.

Por supuesto no contabilizo mi labor como "chofer" a pesar de que ellos así me consideraban, ni los 21 años de experiencia en viajes transaharianos puestos a su disposición. Cualquier guía turístico que además conduzca no cuesta menos de 100 euros al día.

Yo les había permitido acompañarme contribuyendo en los gastos del transporte con mucho menos de lo realmente costaban. Incluso cuando tres de los viajeros que inicialmente pensaban venir decidieron desistir a última hora por miedo a la amenaza de Al Qaeda sin dejarme tiempo a sustituirles por otros viajeros que también se habían interesado por acompañarme, a nadie se le ocurrió preguntarme si los que venían debían poner más dinero. Evidentemente, les habría dicho que no.

Llegamos a Rosso y fui a reponer el gasoil que me estaban haciendo gastar de más. El autor de esa página difamatoria dice que se fue a pasárselo pipa y a tomar fotos mientras el tanque de combustible "se llenaba", como si eso se produjera por arte de magia. Y que mientras tanto, "algo detrás mío se estaba cociendo". Como si no hubiera sido yo el que llevaba tomando decisiones desde mucho antes de comenzar el viaje, o como si necesitase su presencia para tomar las decisiones que estimase oportunas.

Otro de los viajeros fue a cambiar moneda, y alguien le dijo que en el banco daban 380 ouguillas por euro. Luego me echaría en cara que yo les había dicho que cambiasen por menos, otra mentira. En primer lugar le tomaron el pelo, porque en ningún banco cambiaban a 380. Repito que Rosso es el sitio donde más mentirosos hay en el mundo, pero esos viajeros se creían todo lo que les contaba cualquiera que no fuera yo. En segundo lugar, cada uno es responsable de cambiar su dinero. Cuando alguien me pregunta, con mucho gusto le informo sobre donde cambio yo y por cuánto, pero nada más.

Les llevé a la estación de taxis, donde había una gran cantidad de Peugeot 505 familiares vacíos esperando clientes. Le pregunté nuevamente al brasileño si quería que le acompañásemos Enrique o yo hasta Nouakchott en taxi, y él insistió en que quería ir en camión.

Animé a los otros cuatro viajeros a que depusieran su actitud de la forma más conciliatoria posible, pero estaban enrabietados porque no habían conseguido que me plegase a sus deseos. Empezaron exigiéndome la mitad de lo poco que habían aportado para el viaje a pesar de que, como ya he dicho, desde hacía bastantes días yo ya les estaba dando a ellos mucho más que ellos a mí, y a pesar de que ya habíamos hecho las dos terceras partes del recorrido previsto. Su postura era irracional incluso desde su punto de vista.

Comenzaron a ponerse violentos. El autor de esa página me amenazó con romper los cristales del camión que permanecían intactos. Dijo que si no me rompía el parabrisas, es porque ya estaba roto. Luego quiso robarme las llaves del camión, y trató sin éxito de sabotearme el volante y la palanca de cambios, como reconoce él mismo en su relato. También dice que echaba espuma por la boca, aunque no llegué a percatarme de ese extremo.

Según cuenta en su relato, hacía poco que le habían tomado el pelo, y decidió pagarlo conmigo insultándome. Otro de los viajeros le animaba en sus improperios mientras que un tercero, supuestamente pacifista, intentaba impedirme por la fuerza que cerrase las puertas de mi camión una vez hubieron sacado sus pertenencias.

Me rodearon con la intención de intimidarme, y solo me dejaron en paz cuando consiguieron sacarme 800 euros.

Después de amenazarme, intimidarme e insultarme mientras yo exponía mis argumentos con gestos conciliatorios y educación, tiene la desvergüenza de decir que yo "incrementé la tensión" para no "devolverle" su dinero al brasileño, que también llevaba varios días viajando de gorra, y que ya en Arkeiss me había dicho que estaba completamente satisfecho con el viaje, pero que deseaba regresar a su país porque tenía miedo.

Dice que "se dieron cuenta más tarde, cuando ya era imposible alcanzarme", con lo cual deduzco que ni siquiera fueron capaces de repartir el dinero con el brasileño. Es curioso que ahora diga no haberse dado cuenta del reparto, ya que prácticamente fui tirándoles los billetes a la cara uno a uno. Tampoco hizo falta que me alcanzasen, ya que les alcancé yo a ellos. Me los encontré unos días más tarde en la carretera que va desde Blá a Ségou, en Mali. Viajaban en un Mercedes que seguramente se habrían agenciado con mi dinero, y no hicieron el menor esfuerzo por "alcanzarme".

Yo nunca devolví ningún dinero a nadie. Me vi obligado a entregarles ese dinero ante la amenaza de que me agrediesen o destrozasen el camión, mi principal herramienta de trabajo, del que vivimos tanto mi familia como yo. Ahora tiene la cara dura de decir que temía que yo le pegase, cuando eran tres contra uno.

Fue la escena más bochornosa que me ha tocado vivir no solo durante los viajes que he realizado, sino en toda mi vida. Enrique, que aborrece la violencia tanto como yo, hacía mientras tanto lo único que se podía hacer en este caso, alucinar con esa gente.

Antes de irnos Enrique y yo, les dije a la cara que eran unos miserables. Este calificativo se me ocurrió de pasada y debió de calarles hondo, ya que terminaron adoptándolo como nombre de grupo. Nunca les llamé "hijos de p.", eso es otra mentira.

Dice el autor de ese relato que el brasileño era el más débil del grupo, cuando en realidad el más débil era él, un ser absolutamente sometido a su dominante pareja, que por cierto valoraba a las personas según su capacidad para controlarlas. Solo apreciaba a aquellos que podía manejar a su antojo, por eso ni Enrique ni yo fuimos nunca de su agrado.

Todo el relato está salpicado de graves insultos contra Enrique, una persona completamente normal que supo estar a mi lado cuando más falta me hacía y respondió como un auténtico caballero en los momentos difíciles.

Después de toda esa sarta de mentiras sobre un incidente que podría haberse quedado en anécdota pero que ellos se empeñaron en convertir en drama de opereta, empieza a contar el viaje desde antes de su inicio.

Dice que contactaron conmigo por correo electrónico y que mis respuestas eran monosilábicas, otra mentira. Les di toda la información que consideré oportuna. Yo nunca les dije lo que tenían que preguntar, así que ellos no tienen que decirme lo que tengo que contestar. De todas formas no se enteraron ni de la mitad, así que no sé ni porqué me molesté en responder.

Si no les gustaba que fuera "seco en el trato" y "poco comunicativo", debían haberse abstenido de acompañarme. Yo nunca fingí ser algo que no fuera, y creo que cada uno tiene derecho a ser como crea conveniente.

Da por supuesto que estoy obligado a responder detalladamente a todas sus preguntas, solo por el hecho de que he viajado mucho. Se queja de que "respondía con generalidades". Por supuesto, queda fuera de su órbita mental pensar que si prefiero no ser categórico en mis afirmaciones, es precisamente porque he viajado mucho por África.

Luego dice que mi camión les pareció espeluznante. Miente una vez más, ya que cuando entraron dijeron literalmente "como mola". Si no les gustaba, debían haberse abstenido de viajar en él. Podían haber venido a verlo mucho antes de comenzar el viaje, pero no les dio la gana.

Dice que el motor estaba debajo de la caja de cambios, cuando en realidad debajo de la caja de cambios solo está el asfalto.

Se queja de que el motor hacía mucho ruido y que casi no podían entenderse al hablar, que no se oía la música, que no se podía leer ni escribir. Cualquiera que haya viajado conmigo y lea eso, se estará partiendo de risa.

También se lamenta de que yo no le hubiera recomendado a su pareja llevar un sujetador deportivo, ya que le temblaban las tetas. Alucinante.

Se queja de que no podía mirar por la ventana porque estaba llena de polvo, demostrando una portentosa iniciativa para pasarle un trapo, como hacía yo todas las mañanas con los retrovisores y el parabrisas antes de que se rompiera. Además, en mi relato se ve al camión perfectamente limpio aparcado frente a la estación marítima de Algeciras el primer día de viaje.

En cualquier caso, mucho antes de empezar el viaje ya les había advertido claramente que el camión era viejo e incómodo, como así lo han entendido las personas que han viajado conmigo hasta ahora. Ellos son la única excepción.

Luego se mete nuevamente con Enrique, esta vez por tener una personalidad diferente a la mía. Si le parecía mal que yo fuera reservado, le parece peor que Enrique sea extrovertido.

Leyendo su relato, me entero de que esperaba que Enrique y yo le ayudásemos a regatear la compra de una manta. Eso fue antes de pasar nuestra primera noche en Marruecos, lo que demuestra que ya estaba avisado de que iba a hacer frío. Finalmente no la compró porque 30 euros le pareció un precio desorbitante, y no fue capaz de negociar. Dejó que esa noche su pareja pasase frío por tacañería y estupidez.

Luego se queja de que al día siguiente Enrique se ofreciese para ayudarle a plegar su tienda de campaña.

Dice que "les llevé" a comer a un restaurante bastante caro, otra demostración de que no se había enterado del funcionamiento del viaje. Yo no llevo a nadie a comer a ningún sitio, ya sea caro o barato. Yo como en los sitios que considero oportunos. El que quiera acompañarme, me acompaña. El que prefiera otro restaurante, es libre de hacer lo que quiera.

Hasta aquí llega su relato del viaje, lleno de ingratitud, amargura y mala leche. No se molesta en proporcionar información para otros viajeros, ni es capaz de compartir las fotos que tomó durante el viaje.

Remata su página con una "advertencia" en la que asegura que Microsoft hace las cosas mal y se mete con la gafas de Bill Gates, la persona que más ha contribuido a luchar contra el paludismo en el mundo.

Al margen de consideraciones personales, la conclusión que uno saca después de leer esa página es que se equivocaron al acompañarme al viaje, se equivocaron al intentar modificar mi viaje, se equivocaron en la forma de abandonar el viaje, se equivocaron en la valoración del viaje, y lo único realmente importante, me equivoqué al dejarles que me acompañasen.